Por el Dr. Brígido Montás
La castración, tanto quirúrgica como medicamentosa, ha sido un tema rodeado de mitos, historia y avances médicos que hoy permiten comprender mejor su verdadero papel en la salud masculina, especialmente en el manejo del cáncer de próstata.
Históricamente, la castración quirúrgica se practicaba desde la antigüedad. En civilizaciones como la antigua China, los eunucos —hombres castrados desde la infancia— eran considerados los guardianes ideales de los aposentos femeninos de los emperadores, ya que no representaban una amenaza sexual para la dinastía. Con el paso del tiempo, se observó que estos individuos no desarrollaban cáncer de próstata, lo que llevó a descubrir la relación directa entre esta enfermedad y la testosterona.
La castración quirúrgica consiste en la extirpación de los testículos, lo que reduce drásticamente la producción de testosterona en el cuerpo. Esta hormona es considerada el principal “combustible” para el crecimiento del cáncer de próstata; por tanto, al eliminar su fuente principal, se logra frenar la progresión de la enfermedad. Sin embargo, es importante aclarar que este procedimiento no se utiliza como medida preventiva en hombres sanos, sino como tratamiento en pacientes ya diagnosticados.
No obstante, esta intervención conlleva efectos secundarios significativos. Entre ellos se encuentran la impotencia irreversible, depresión, alteraciones emocionales, problemas cardiovasculares, disminución de la densidad ósea, pérdida de masa muscular, sofocos, osteoporosis y ginecomastia. Estos efectos impactan considerablemente la calidad de vida del paciente.
De manera similar, la castración medicamentosa —también conocida como castración química u hormonal— actúa reduciendo los niveles de testosterona mediante fármacos. Aunque evita la cirugía, produce efectos secundarios comparables, ya que persigue el mismo objetivo: bloquear la acción de la hormona que estimula el crecimiento tumoral. Al igual que la castración quirúrgica, tampoco se emplea como método preventivo.
Es importante destacar que una pequeña cantidad de testosterona sigue produciéndose en las glándulas suprarrenales, lo que explica por qué en algunos casos el tratamiento debe complementarse con otras terapias.
Hoy en día, la medicina ha evolucionado significativamente. La lucha contra el cáncer de próstata no se basa en medidas radicales preventivas, sino en la educación, la detección temprana y el acceso a tecnologías diagnósticas avanzadas. La visualización detallada de la glándula prostática, junto a métodos de alta resolución, permite identificar lesiones sospechosas con mayor precisión.
Nuestra “batalla azul” se gana con información, concienciación y evaluaciones médicas oportunas. En la República Dominicana contamos con profesionales capacitados, tecnología de punta y, sobre todo, un enfoque humano y digno en la atención al paciente. No es necesario viajar al extranjero para recibir diagnóstico y tratamiento de calidad.
La clave sigue siendo la prevención a través del conocimiento y el chequeo oportuno.


