En un mundo donde la medicina avanza a pasos agigantados entre tecnología y hallazgos científicos, la esencia de la profesión sigue respondiendo a un principio fundamental: el alivio del sufrimiento humano. Así lo reflexiona el doctor Brígido Montás al analizar las virtudes clave que deben guiar el ejercicio de esta vocación.
Existe una diferencia sustancial entre ser un “buen médico” —aquel facultativo dotado de destrezas técnicas y conocimientos actualizados— y ser un “médico bueno”, caracterizado por su ética, compasión, humanidad y respeto. La verdadera excelencia, sin embargo, surge de la combinación de ambos factores. “Los libros no sangran”, señala el especialista, haciendo un llamado a fortalecer la enseñanza del sentido humanitario en las aulas universitarias.
Para los pacientes, encontrar al profesional adecuado implica buscar a alguien que escuche con claridad, trate a todos por igual y garantice un control de calidad en su propio consultorio. Asimismo, la humildad juega un rol determinante: saber colaborar con otros colegas y no temer a decir «no sé» resulta indispensable para evitar decisiones que puedan perjudicar la salud de la persona.
La pandemia del COVID-19 recordó con fuerza que los médicos tampoco son inmunes a los quebrantos de salud, invitando a una mayor empatía y a ponerse en el lugar de quien busca ayuda.
La salud no lo es todo, pero sin ella nada es posible. Reconocer y promover una práctica médica basada en la dignidad y el compromiso humano es una tarea colectiva que transforma la atención sanitaria en un verdadero acto de servicio.


